lunes, 10 de junio de 2013

Entre Cielo y Tierra….

 
No hay alegría en esos ojos......hay una amarga aceptación de destino.
No sé cómo definir el sentimiento que me provoca esta foto. Todo lo que quería decir sobre Fidel está escrito en mi libro “Personalmente Fidel”.
Lo escribí retando la miserabilidad que siempre matiza con  mediocridad   a este hombre protagonista de un lapso histórico innegable.
Estuve decidida desde que comencé a escribirlo a demostrar a mi país y los míos que es lo que realmente me importaba y me importa que más allá de los odios y las diferencias, los seres humanos   deben tener el derecho a  vivir  momentos y experiencias de su vida sin que eso altere el respeto ganado  durante ella en su esfuerzo y su entrega a valores y    emociones. Nunca  me acosté con Fidel Castro ni hubo una señal que  pudiera ser mal entendida por ninguno de los dos.  Y mi carta abierta en el vespertino “El Mundo” donde escribí por largos años dejó claro que   ese encuentro humano más allá de suspicacias y acusaciones, había terminado.
Lo que no me ha salvado de señalamientos asquerosos que lamento más por quienes  los han hecho que por mí. Esta foto de ese anciano que si no fuera quien es movería  hasta la consideración, como debo provocarlo yo en mis ochenta y dos años, conmovería, como cualquier otro anciano; pero el hombre frente, a él, con camisa roja, hace de esa foto una imagen vergonzosa y lastimera que agrede el marco histórico del Fidel desafiante,  inspirador de  millones de personas  a finales de los años 50 con  las páginas vibrantes de la Sierra Maestra, cuando se consumaba no sólo el fin de la dictadura de Fulgencio Batista sino se ofrecía al mundo un código de  retos y principios  que luego se  convertirían en personalismo y  opresión. 
Esa foto minimiza al  hombre de historia, buena o mala, pero historia. Determinante, trascendente.
 Lo he repetido cien veces. Fidel abandona el poder porque sabía  que   arrodillarse por petróleo, halagar a un hombre como Chávez,  asumir decisiones que jamás hubiera asumido él, era renegar, desdecirse de  lo que era. Allí, frente a un Diosdado Cabello, acusado, denunciado,  condenado por la opinión pública, desnudo ante el propio mundo,  actor de una trama macabra, una mentira   expuesta, propagada.
Fidel  entrega lo que quedaba de él. Y él lo sabe. Es  la entrega de los sueños, de los años, de la vida. Porque Fidel sabe quién es y lo que es. Lo sabía desde que  tras ese petróleo tuvo que   publicitar al mandatario venezolano como su “heredero” como parte del juego que se abría en un fichero maldito.

No hay alegría en esos ojos......hay una amarga aceptación de destino.

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