
En el encuentro de San Pedro Alejandrino resultó obvio y muy fácil diferenciar las personalidades de los dos. Santos no necesitaba ostentar nada porque nunca estuvo en juego su importancia, su investidura. Hugo Chávez, con aquella chaqueta tricolor, aquel desenfado, como si el lugar histórico fuera el patio de su casa o el terreno de béisbol de cualquier esquina, era una imagen barata, forzada. Y eso él lo sabe, por ello ese odio, esa venganza inconclusa con la que se deleita expropiando, denigrando de los venezolanos trabajadores y exitosos, de los que se han superando en la vida a costa de esfuerzos y sacrificios para lograr lo que tienen y servir al país.
La otra tarde, un grupo reunido en mi casa, comentaba sobre la indiferencia de la sociedad por reconocer sus patrimonios humanos, de lo escaso que era la demostración de respeto a sus valores, aduciendo que, con ello, la misma Venezuela se negaba a sí misma el orgullo de ser, la hidalguía que nutre su autoestima. Y eso es una triste verdad. Tal vez si rescatáramos de esa indolencia, de esa desvalorización, a los hombres brillantes, notables, a las mujeres valiosas, tendríamos una conducta más solidaria, más exigente con nuestros principios, y las referencias en sus respectivos quehaceres harían más difícil que la mediocridad y la soberbia se hicieran con nuestra voluntad y nuestras emociones.
Todo eso es hoy un drama obligado, que nos tiene detenidos en el aire al borde del más abismal precipicio, nuestro espíritu desconfiado, contenido. Y ya se desborda más allá de nosotros, porque cada vez que este hombre pone en ridículo a Venezuela, insulta a su mayoría, amenaza, vulgar y enloquecido, a otros, y encadena por horas al país, una pena ajena llena nuestros corazones aumentando esta inquietud. Colombia no se atreve a ser “triunfalista” en sus relaciones con Chávez porque lo conocen. Biológicamente conflictivo, acumulando amargura en su subordinada existencia militar, viviendo una fantasía y rodeado de vicios y servidumbre, desbordado, no le importa destruir para satisfacer su venganza. Por eso se ríe cuando expropia, hace chistes malos con las tragedias de otros, tiembla porque transcurre el tiempo hacia 2012 y, por más que quiera, no lo puede detener.
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ISA DOBLES